Apartar a los tahúres
Vivimos un tiempo de tragedias. Sí, en plural. Porque la tragedia del coronavirus, que nos deja cada día cientos de vidas truncadas, trae consigo, como las réplicas de un terremoto, otras enfermedades sociales que no por ser subsidiarias del seísmo principal deben tomarse a la ligera. Entre ellas, una cuyo peligro es cada día más real es la erosión cada vez mayor de la convivencia, provocada por el crecimiento acelerado de la polarización política y social. La polarización política crece día a día. Como escribió recientemente Fernando Vallespín, “estamos librando dos guerras, la guerra contra el virus y la de los políticos entre sí”. La desconfianza entre los líderes es palpable, y la dinámica de bloques se ha hecho ridículamente rígida. El tono de los discursos, salvo excepciones, es de reproche, descalificaciones e incluso de odio o, peor aún, de indiferencia hacia lo que los más alejados puedan pensar o decir. Nuestros políticos no entran en diálogo, sino en conflic...