Dignidad
Las escaladas del odio siguen su camino imparable. En las últimas semanas, hemos asistido a una espiral dialéctica sin precedentes en el Congreso de los Diputados. Tras años en los que los portavoces de los partidos de derechas han ganado el tétrico concurso por el insulto más afilado, y hemos visto como moneda de cambio corriente insultos gravísimos como golpista o fascista, ahora los partidos del gobierno se han sumado a la virulencia verbal, convirtiendo el Congreso en poco menos que un patio de colegio de infantil, en el que gana quien más grita. Un revolucionario tan insigne como Pablo Iglesias tiene el dudoso honor de haber convertido la condición de miembro del Gobierno en la del listo de la clase que puede decirle a otro de todo (como que quiere dar un golpe de Estado) desde su superioridad, y sin despeinarse. Al mismo tiempo, en Estados Unidos, Trump se presenta a las multitudes que marchan en la calle contra el racismo (o lo que sea contra lo que marchan) con la misma...