Apartar a los tahúres



 Vivimos un tiempo de tragedias. Sí, en plural. Porque la tragedia del coronavirus, que nos deja cada día cientos de vidas truncadas, trae consigo, como las réplicas de un terremoto, otras enfermedades sociales que no por ser subsidiarias del seísmo principal deben tomarse a la ligera. Entre ellas, una cuyo peligro es cada día más real es la erosión cada vez mayor de la convivencia, provocada por el crecimiento acelerado de la polarización política y social.

 La polarización política crece día a día. Como escribió recientemente Fernando Vallespín, “estamos librando dos guerras, la guerra contra el virus y la de los políticos entre sí”. La desconfianza entre los líderes es palpable, y la dinámica de bloques se ha hecho ridículamente rígida. El tono de los discursos, salvo excepciones, es de reproche, descalificaciones e incluso de odio o, peor aún, de indiferencia hacia lo que los más alejados puedan pensar o decir. Nuestros políticos no entran en diálogo, sino en conflicto. La polarización social, por su parte, se palpa también en el ambiente. Desde las redes sociales hasta las tribunas de opinión, desde los grupos de Whatsapp hasta las caceroladas en los balcones, desde los telediarios hasta las videollamadas familiares. En medio de la tensión provocada por un confinamiento siempre demasiado largo, cualquier chispa (verdadera o falsa) provoca un incendio. Y, cada vez más, nuestro Gobierno es calificado por líderes de opinión y por gente de a pie de comunista bolivariano, y la oposición de fascista inmisericorde. Y estos hechos (la politización de la vida y la hiperbolización del discurso) son dos de las consecuencias más evidentes de la polarización, porque vienen de la mano del efecto principal de este fenómeno, que es, en palabras de Bernaldo de Quirós, la “bipolarización social”: la división de las personas por su pertenencia a grupos ideológicos (que siempre son inventos) cerrados e impenetrables, que deben ser defendidos con un ahínco tribal.


 Pero, junto a este crecimiento exponencial de la polarización, se debe poner de relieve la gran oportunidad que la pandemia nos brinda de ponerle freno al odio. Ortega y Gasset explicaba en La rebelión de las masas que “no es la comunidad anterior, pretérita, tradicional e inmemorial -en suma, falta e irreformable- la que proporciona título para la convivencia política, sino la comunidad futura en el efectivo hacer. No lo que fuimos ayer, sino lo que vamos a hacer mañana juntos, nos reúne en el Estado.” En esta época de lucha contra el virus, nos encontramos con que tenemos una tarea que hacer como sociedad, y ésta se ha convertido en una ocasión única para evitar esta subtragedia del odio que nos amenaza. Salimos a las ocho de la tarde a los balcones para aplaudir a personas desconocidas junto a vecinos también desconocidos, sin importarnos a qué partido hayan votado ni unos ni otros. Pasamos más tiempo que nunca junto a nuestras familias, y se hace esencial fomentar los elementos que nos unen, y entre ellos no suele estar la política.


 Los peligros de la polarización son claros: una opinión pública de clima irrespirable, una dificultad (otra más) de comunicación interpersonal y familiar, y una compartimentalización cada vez mayor de la sociedad en grupos ideológicamente homogéneos. En resumen, la destrucción de la comunidad como tal, cuyo nexo de unión es, en palabras de Aristóteles, la “amistad cívica”, la concordia. Por eso, en las actuales circunstancias, es imprescindible que nos preguntemos como familias y como sociedad: ¿por qué no centrarnos en lo verdaderamente importante? ¿por qué no mirar a todos, desde los políticos que salen en televisión a nuestros amigos que opinan distinto, como lo que son por encima de todo: seres humanos igual que nosotros? ¿Por qué no apartamos la política de la mesa, de la cocina, del salón, de la habitación, para reconducirla a un lugar donde sea posible el diálogo en lugar del conflicto? ¿Por qué no instamos a todos nuestros políticos a bajar las revoluciones verbales? Como dijo con la brillantez de siempre Ana Oramas en su última intervención en el Congreso, “necesitamos apartar a los tahúres, a los desleales, a los extremistas. Porque no es su momento.” 


Ahora más que nunca es necesario romper la dinámica schmittiana de amigo-enemigo, para ver a aquel con quien no estamos de acuerdo no como un adversario, sino como alguien con quien debemos cooperar si queremos construir algo que se sostenga sobre las ruinas de la tragedia sanitaria y económica. Es necesario y por una vez, quizás sea posible.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Dignidad

Falsos patriotas

Cómo entrenar a tu dragón