Dignidad
Parecería por un momento que ser de derechas implica comportarse como Trump, y ser de izquierdas significa inevitablemente comportarse como Iglesias. Por eso, no es un mal momento para recordar ejemplos de líderes, de derechas e izquierdas, que han practicado una política distinta.
En la izquierda española, viene a la cabeza automáticamente la figura del recientemente fallecido Julio Anguita, el cual será siempre recordado por su oposición al PSOE de Felipe González: “hay que romper tabúes, decía Anguita, las siglas han muerto: lo importante son los programas”. Por no hablar de Rubalcaba, quien se opuso encarnizadamente a las tesis de los independentistas, de quienes depende ahora el gobierno de España.
En la derecha americana, se podría citar a veteranos republicanos como el difunto John Mccain, Mitt Romney o el ex-secretario de Defensa James Mattis. Su orientación conservadora está fuera de toda duda. Sin embargo, los tres se han caracterizado por contrariar duramente a Trump. Romney fue el único republicano que votó a favor del impeachment al presidente, apelando a su conciencia y desmontando fríamente los argumentos presentados por la Casa Blanca; Mattis declaró recientemente que Trump era “el primer presidente que no trata de unirnos, ni siquiera disimula” (The Atlantic, 3 de junio). Por su parte, Mccain fue conocido por sus enfrentamientos con el presidente, el cual se burló de él en varias ocasiones por haber sido prisionero de guerra. En la visión de todos ellos late una misma idea: los principios, por delante del partido.
Todos los ejemplos que se pongan apuntan hacia lo mismo: los comportamientos indignos de referentes de la derecha como Trump, o de la izquierda, como Iglesias, no son debidos a su adscripción ideológica. Son debidos a la estrategia electoral (que, en estos momentos, siguen casi todos los partidos españoles) de provocar la indignación ciudadana contra el oponente político, de convertir al que opina distinto en malo. No es contenido ideológico lo que falta en nuestros líderes, sino dignidad.
Cabe preguntarse si es esta la política que queremos, o si preferimos una en la que nuestros representantes trabajen por nosotros, sin gritos ni insultos. Tras morir Anguita, Pedro J Ramírez describió con estas palabras su cordial relación con Adolfo Suárez: pese a las diferencias ideológicas, “en los dos latía un mismo sentido del patriotismo constitucional, una misma pasión por la política y un mismo repudio a la España retardataria y acomodaticia que se resistía al cambio.” Quizás es eso lo que les falta a nuestros líderes, y lo que haríamos bien en exigirles: confiar en que los contrarios, pese a serlo, tienen en común con uno, al menos, la intención de trabajar por aquellos que les pagan el sueldo, sus señorías los ciudadanos.

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