Chupópteros
Cinco
líderes y un sillón. Hagan sus apuestas. Lo bueno de estas
elecciones es que tenemos repertorio de despropósitos para elegir.
La oferta incluye a un revolucionario con chalet, a un baloncestista
enamorado del jet
privado y a un jinete del Apocalipsis recién salido de Rohan. Todo
un cúmulo de virtudes políticas como la humildad, la austeridad y
la coherencia se pasearán en las próximas semanas por los
escenarios del territorio nacional, buscando nuestro voto. Y
nosotros, como de costumbre, se lo daremos al que menos nos disguste,
no vaya a ser que ganen los otros, o incluso -poca broma- votaremos
al más friki,
en un ejercicio de ejemplar absurdo democrático.
Sin
duda, llama la atención la infinita distancia entre los líderes que
tenemos y los líderes que desearíamos tener. Como ha escrito Pepa
Bueno
en un reciente artículo, seguimos “esperando
a que cualquiera de los líderes de los partidos que nos disponemos a
votar tenga un rasgo de grandeza o un gesto que ilumine el camino.”
Y es que existen ciertos rasgos de los líderes políticos que la
historia nos ha dado que todos observamos como deseables, y que no
encontramos ni en pintura en los que tenemos actualmente. Por
ejemplo, la integridad, que hacía que un líder tan decisivo para la
historia como Martin
Luther King
respondiera a los golpes de los policías y a las campañas del
racismo americano, que acabaría asesinándolo a él mismo, con la
no-violencia como arma, animando a sus seguidores a no buscar
“satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la
amargura y del odio”. Una integridad moral que debería llevar, por
supuesto, a la limpieza de los políticos y a la reestructuración
del sistema institucional desde el punto de vista del control de la
corrupción, pero también a la honestidad de su palabra: a no decir
sedición donde dije rebelión y a no decir derecha donde dije
centro. En definitiva, a algo tan sencillo como ser claros, y no
mentir.
Otra
virtud que se echa en falta es la capacidad de buscar consensos. En
su biografía del papa Francisco, Austen
Ivereigh
cita al líder musulmán argentino Omar
Abboud
que afirmó que “la persona que más construyó en términos de
diálogo, que más nos mostró y nos enseñó, fue Bergoglio
(…). Gestionó la posibilidad de sentarse a esa mesa, un espacio
cívico sin antecedentes”. No en vano se reconoce mundialmente a
Francisco como uno de los mayores líderes globales (“un líder
cuya autoridad moral no viene sólo de las palabras, sino de los
hechos”, dijo Obama),
que ha propiciado avances geopolíticos tan históricos como el
deshielo entre Cuba y Estados Unidos, o el mayor intento de
acercamiento entre líderes israelíes y palestinos de la historia,
sin mencionar los avances en las relaciones con el resto de iglesias
y religiones. Mientras tanto, nuestros líderes políticos parecen
enfrascados en una competición por el insulto más afilado, y han
creado bloques impenetrables que amenazan con fracturar la sociedad
española. Las proclamas de Pablo Casado son un culto desfile de
descalificaciones con cierto aroma decimonónico, y Abascal, como
buen antisistema, se deshace en insultos a todo el que se ponga por
delante, mientras que el mundo se divide entre golpistas y españoles
de bien, o entre fascistas y progresistas, o bien -glorioso avance-
entre feministas y machitos.
Por
supuesto, podría argumentarse que nuestros líderes son un reflejo
de nuestra sociedad, y que ellos son así porque, en el fondo, los
ciudadanos somos así. Sin embargo, contra esto se estrella la
evidencia de que los procesos de selección interna de los líderes
son de todo menos democráticos, y más bien están regidos por la
regla del enchufe, el arribismo y el trepamiento existencial, con
políticos que han mamado del partido desde la cuna, y que fuera del
mismo no sabrían qué hacer con su tiempo libre: Sánchez, Casado y
Abascal carecen de profesión estable fuera de la política, y la
posición de Iglesias y Rivera se explica porque fueron ellos los que
fundaron el partido que presiden. Si el sistema de selección interna
de los líderes fuera verdaderamente democrático, los aparatos
internos de los partidos elegirían a personas que reunieran las
virtudes que todos querríamos ver en nuestros políticos, y que
brillan por su ausencia. Como afirma el escritor Manuel
Vicent,
“existen
dos Españas, no la de derechas o de izquierdas, sino la de los
políticos nefastos y líderes de opinión bocazas que gritan,
crispan, se insultan y chapotean en el estercolero y la de los
ciudadanos con talento que cumplen con su deber, trabajan y callan.”
En conclusión, que los que nos lideran no deberían reunir nuestros
peores defectos, sino nuestras mejores virtudes. Deberían ser una
selección de lo mejorcito de nuestra sociedad, y no ambiciosos
chupópteros con ansias de poder dispuestos a pagar cualquier precio
por conseguirlo: demonizar al adversario, deificarse a sí mismos, e
incluso insuflar el miedo y el odio entre la población. Mientras
tanto, y en previsión de la campaña electoral que se avecina, todos
los ciudadanos haríamos bien en no tomarnos demasiado en serio lo
que los políticos digan, por salud mental y social. Nos ahorraríamos
peleas de pareja, discusiones familiares, y decepciones
post-electorales. Porque ya se sabe, todos “somos sentimientos y
tenemos seres humanos”.

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