El triunfo de la política histérica
Se
quejaba hace unos días Santiago Abascal desde el atril del Congreso de los
Diputados de las soflamas antifascistas y guerracivilistas de Pablo Iglesias, y
le instaba a «dejar los años treinta» y volver al presente. Ciertamente, no era
malo el consejo, pero los consejos solo son creíbles cuando se acompañan del
propio ejemplo. Fue echarle en cara a Iglesias su obsesión con «los años
treinta» e, inmediatamente, recordar (¡eso es mirar al presente, claro que sí!)
los fusilamientos de Paracuellos y la Unión Soviética.
En
las últimas semanas, los diputados de Vox han dejado de lado, en una estrategia
consciente de marketing político, sus propuestas económicas, sociales y
políticas para lanzarse al barro de la política histérica de banderitas,
eslóganes y fantasmas (fantasmas comunistas hasta las trancas, faltaría más).
Donde Pablo Iglesias dice «fascistas», Abascal dice «comunistas»; donde el
primero dice «herederos del franquismo», el segundo, «nostálgicos de la Unión
Soviética». La política histérica es siempre históricamente fraudulenta —pues
deforma la historia a su antojo, para adaptarla al discurso que le interesa— e
ideológicamente estúpida y casi delirante —pareciera que el mundo está lleno de
fascistas y comunistas que amenazan permanentemente con imponer terribles
dictaduras—, pero al apelar a sentimientos identitarios extendidos, sean de
clase o de tipo nacional-nacionalista («la
gente», «la España viva») contra un enemigo (la «dictadura socialcomunista»,
«los progres», «la casta», «el fascismo», etc.), cosechan siempre buenos
resultados en las urnas. Lo cierto es que la izquierda de hoy no tiene mucho
que ver con la de la Segunda República —mucho menos con la URSS— y que Abascal
no es Francisco Franco, ni José Antonio, ni Blas Piñar.
Vale
más hacer política seria —que no quiere decir débil, ni cómplice, ni pasiva—,
que lanzar proclamas incendiarias o vociferar profecías apocalípticas que no
hacen más —además de engañar— señalar enemigos y alentar odios y
enfrentamientos entre españoles. Vale más hacer política seria porque demuestra
que uno tiene un programa y unas propuestas de las que se siente orgulloso y a
través de las cuales puede, además, denunciar los errores, mentiras e
ineficacia de los otros. Vale más, en fin, hacer política seria, porque de esta
forma se sirve mejor a España y a los españoles.
Eduardo Alarcón
Torres, 13/05/2020

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