La corrupción, entre lo urgente y lo importante
La opinión pública tiene
mala memoria. Hace unos meses, la prensa ardía con la controversia generada
para sacar a Franco del Valle de los Caídos, y hace menos tiempo la acusación a
los presos del procés, con su baile
de penas exigidas, levantó ampollas en media España. Hace unas semanas, la psicosis
se apoderó de los medios tras el resultado de Vox en las elecciones andaluzas y
ahora Cataluña vuelve a acaparar el foco de atención, con Quim Torra y
Eslovenia en el punto de mira. En resumen, cada cierto tiempo, la opinión
pública va olvidando las cuestiones que meses antes la soliviantaban,
cambiándolas por otras nuevas polémicas, que la mantienen viva y angustiada.
Entre todas estas polémicas, por supuesto, las grandes preocupaciones de la
población española se van soterrando, para beneficio de los líderes políticos.
Es el caso de la
corrupción. El gran clamor popular contra ella se ha ido
difuminando, ante la disminución en número de los casos judiciales más importantes.
Y, entretanto, la ciudadanía se ha olvidado de que no sólo hay que indignarse,
sino que hay que transformar la indignación en acciones concretas de control.
En
cualquier caso, la percepción de que nuestros líderes políticos no son de fiar no
ha disminuido. Al contrario, va in
crescendo. En el barómetro del CIS de noviembre de 2018, la política en
general era el primer problema de España para un 15’6% de los encuestados. Un
año antes se situaba en un 11’8 %, y en 2016 estaba en un 9’7%. Es decir, la consideración
de los políticos como uno de los principales problemas de España crece año tras
año. A su vez, la percepción de la corrupción y el fraude como un grave
problema ha bajado del 30’4% de 2014, al 12’2% del último barómetro. Esto es:
la corrupción es un problema, pero añadido al ya de por sí lamentable estado
del prestigio de la
política. No es sólo la corrupción la que lastra dicho
prestigio, pero, obviamente, es uno de los grandes causantes del descrédito de
la política.
A
todo esto, los líderes políticos siguen sin reaccionar decididamente. Movidos
como están por el ansia de titulares, se preocupan más por los problemas
urgentes que por los importantes. Esto revela el reciente informe
“Actualización del Pacto contra la Corrupción 2015-2018” , presentado
públicamente el pasado viernes por la Fundación por la Justicia. En dicho
Informe se da cuenta de qué acciones concretas se han llevado a cabo por parte
de los partidos políticos en relación con las propuestas que los propios
partidos firmaron en 2015. La evaluación del Pacto se ha hecho sobre las 75
propuestas de ámbito autonómico (el Pacto original recoge 150 propuestas). El
resultado general de este Informe es decepcionante: la gran mayoría de las 75
propuestas del Pacto no ha sido tenida en cuenta.
Y, en cuanto a las que
sí lo han sido, los esfuerzos realizados son considerables en términos de
producción legislativa, pero dejan que desear en términos de efectividad. En efecto, pese a la abundante normativa en
relación con la corrupción que se ha aprobado en la última legislatura en las
Corts Valencianes, la regulación no es todo lo minuciosa que debería ser,
dejando espacios a las malas prácticas a nivel micro. Además, los sistemas de
control no son verdaderamente independientes, ya que (excepto uno) los
directivos de todos los órganos de fiscalización –desde el Consell Jurídic
Consultiu hasta la Oficina de Control de Conflictos de Interés, pasando por el
Consell de Transparència, y las Sindicaturas de Comptes y de Greuges- son
propuestos y elegidos por el poder político, y/o dependen de él. La excepción
es la Agencia
Antifraude , cuyo director es designado por les Corts, pero a
propuesta de la sociedad civil, y cuya forma de elección recomienda el Informe
para el resto de órganos mencionados.
La disyuntiva, pues,
para los políticos, es entre lo urgente y lo importante. Lo urgente requiere
atención inmediata, para evitar un desastre. Lo importante requiere dedicación
profunda a largo plazo, para salvar el todo. Es urgente dar respuesta al problema
catalán, o al ascenso de la derecha populista, o a los problemas de política
internacional. Pero es de la máxima importancia construir una Administración
transparente a todos los niveles, y un sistema de controles eficaz para paliar la corrupción. De lo
contrario, los problemas urgentes no serán resueltos a largo plazo, porque la
ausencia de corrupción –como demuestra el estudio “Mapping the Quality of Government in Europe”, de la Universidad de
Goteborg- es necesaria para la calidad del gobierno, y ésta a su vez es
necesaria para poder resolver satisfactoriamente los problemas políticos. Si
esto no se tiene en cuenta, el descrédito de la política seguirá creciendo, y
con él la desafección con el sistema, y con ella la democracia comenzará a
perder apoyos a velocidad de vértigo. Lo que viene después, no hace falta
decirlo.

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